Siete meses



Blog de Ivonne Vivier


EL:

Cierro los ojos y suspiro.

Parece un día como cualquiera y seguramente lo es para casi todo el mundo, no para mí. Un día como hoy, hace siete meses, Luz se fue de mi vida diciéndome que necesitaba un tiempo para estar sola. Separados, en realidad, supongo que no se animó a decirlo con todas las letras.

Eso pienso hoy, no aquel día.

Esa horrible tarde yo no pude pensar en nada. Después de esas espantosas palabras, hubiese querido preguntarle cuánto tiempo, por qué, qué pasó, qué está mal y tantas otras cosas... Sin embargo, no pude. No me dio espacio ni tiempo.

Recuerdo que su carita preciosa, esa que siempre tenía para mí una sonrisa, se cubrió de amargura y lágrimas. Lloró en silencio. Sin decir nada me abrazó con fuerza, después me besó con más fuerza aún. Y se fue.

Esa tarde mi vida cambió. Yo cambié. No soy el mismo sin Luz. Me falta una parte. Ella era mi otra mitad.

Yo debería estar contando los meses de noviazgo, el que ya llevaba casi dos años; no los meses de nuestra separación. Sin embargo

Fuimos realmente felices, muy felices.

No sé qué pasó y aunque quiero dejar de pensar en ella no puedo. No me sale. La amé con locura. Nos amábamos con locura, yo era correspondido, lo sé. Pero parece que no le alcanzaba ese amor, porque se fue.

Intento dormir, en vano. Todavía no amaneció, aun así, me desvelo pensando en ella y me duele el cuerpo otra vez, porque la necesito.

Suspiro ante el recuerdo de su voz, ronca y sensual.

-Hola, bebe. -Me encantaba que me dijese bebe mientras me miraba con esos ojitos tan bellos. Nada especiales, eran de un color común, pero su mirada Ella me hablaba con su mirada.

Esa lejana tarde que mi mente trae a este instante, una cualquiera de esas en que disfrutábamos el uno del otro, ella estaba preciosa con un vestido corto de verano que la hacía lucir fresca y femenina. Puedo cerrar los ojos y verla como si estuviese todavía aquí, conmigo.

Con una sonrisa traviesa en sus labios, me miró con esa miradita tan personal, tan suya y me invitó a que la amara. Solo necesitó una bajada de párpados, un suspiro y sus labios entreabiertos, nada más y yo me rendí. Era pícara y atrevida. Sus manos paseaban por mi cuerpo sin permiso.

Si ella me deseaba no me dejaba en paz y me torturaba hasta dejarme demente y con una necesidad indomable de robarme todo su placer. Y lo hacía, mientras le regalaba el mío. Tantas veces como mi cuerpo me lo permitiese y el suyo aguantase nos dedicábamos a amarnos, a enredarnos. Intentábamos saciarnos y nunca funcionaba.

Se nos daba de maravilla hacer el amor. Éramos complementos, encajábamos impecablemente.

-Déjame ver tu cuerpo -le pedía yo y ella se meneaba un poco mientras se desnudaba para mí. Sus caderas anchas y sus piernas bien formadas era una belleza. Seguramente lo sigue siendo. Se quejaba de sus grandes pechos, yo no, me divertía demasiado con ellos como para quejarme.

-Ahora quiero ver el tuyo -decía y ya sin nada de ropa comenzaba a sacar la mía. Observaba al detalle mi flaco cuerpo como si fuese su Dios. -Mi bebe precioso -me decía mientras me besaba el pecho, el cuello y apoyaba su piel en la mía, encendiéndome.

Cuando llegaba a mis labios, nos volvíamos peligrosos. Mis dientes y mi lengua la consumían hasta que me rogaba que la tocase y entonces me dedicaba a hacerlo con delicadeza. Le gustaba que le pellizcara los pechos y los besara suavemente. Me encantaba caminar por su piel con mis palmas bien abiertas y recorrer su vientre y su cintura. Su trasero se acomodaba perfectamente en mis manos.

Sus ojos brillaban de lujuria cuando llegaba a su entrepierna ansiosa y se retorcía sonriente porque yo no le daba lo que quería.

-No te apures, tenemos tiempo. -Ella gruñía frustrada y entonces mi boca reemplazaba mis dedos y comenzaba con sus grititos que eran un tormento para mí.

Me excitaba sobremanera su forma de gozar. La miraba desde ese maravilloso lugar y ella estaba absorta en lo que veía. Mi boca y su sexo eran una combinación explosiva para ella y para mí también, eso está más que claro. Explotaba tan rápido y tan fuerte que se derretía entre mis manos.

Quedaba exhausta y yo prendido fuego.

Era la imagen más erótica que jamás imaginé ver. Nunca tenía suficiente de verla así. Era deliciosa con su sudor perlado, su vientre aplanado, sus pechos moviéndose al compás de su reparación, sus labios entreabiertos rogando por oxígeno, sus ojitos con la mirada perdida, sus piernas abiertas de cualquier manera buscando relajarse y sus dedos enredados en mi pelo.

A los pocos segundos me guiñaba un ojo y se mordía el labio. Con esa mirada tan sensual, tan transparente, me daba permiso para entrar en su cuerpo que me recibía abrazándome con un ajuste perfecto.

Las cosas se descontrolaban un poco a veces. Nos volvíamos locos. Juntos éramos como lava ardiente, no podría olvidarlo jamás. Los sonidos de nuestro amor eran excitantes, golpeteos de cadera, gruñidos, jadeos, gemidos, pedidos de más, carcajadas y algunos te amo.

Con mi espalda pegada al colchón, su cadera anclada en mí, mis manos apretando toda la carne de sus glúteos y ella moviéndose a mi ritmo, cabalgándome hasta el estallido final. Se agarraba sus pechos con fuerza mientras me miraba y yo me deleitaba con ella. Era pura pasión. Y entonces me sonreía y nos dejábamos ir para detonar en mil pedazos. Y nos volvíamos a armar después, en un abrazo largo y silencioso acompañado de caricias lentas.

¡Dios mío cuánto la amaba! Toda ella era perfecta para mí.

¿Por qué no volvió?

Le dí lo que me pidió. Sin embargo, alimenté mi amor con su recuerdo mientras la esperaba, no quería olvidarla. Pero no volvió y yo la amé, la esperé.

Ya no puedo más.

Ella no volvió, ya no puedo esperarla más.



***


ELLA:

Esta película me trae demasiados recuerdos.

“¡Mi bebe precioso, como te extraño!

Suspiro, adolorida, después de decir en voz alta esas palabras.

Sé que te lastimé y dañé un amor único. Fui una tonta, no tengo perdón ni excusa. Quisiera tener el valor de volver a tu lado, abrazarte y decirte lo arrepentida que estoy. Hacerte saber que fuiste, eres y serás el amor de mi vida.

Cómo quisiera, sí. Sin embargo, acá estoy llorando en silencio y hablando sola.

Otro mes que pasa y mis miedos a su rechazo me siguen acobardando.

Estaba tan enredada entre mis pensamientos egoístas que no supe ver mi mejor opción. Era él y yo no lo elegí. Prioricé un trabajo, un par de amigas que no sabían dar buenos consejos, un proyecto de estudio que terminó inconcluso, una vida de libertad que creí perdida, una diversión disfrazada de noche y música a todo volumen que me defraudó enseguida.

Me mareé, me engañé y me mentí, sin saber que lo hacía. ¡Qué necia fui!

No enfrenté las cosas como la adulta que era. Creí que mi juventud necesitaba otra cosa y no existía otra cosa para mí. Solo él. No lo supe ver.

Es tan cierto eso que dicen que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde.

Sí, yo me dí cuenta tarde. Cuando lo perdí.  

Dos meses después de pedirle ese maldito e innecesario tiempo, supe que había cometido el peor error de mi vida. No pude solucionarlo, no supe cómo y me permití un mes más para buscar la forma. Otro mes para buscar el valor, otro para discernir si su amor había podido esperarme o me había olvidado. Otro y otro más, solo por no asumir mi cobardía. Y llegué a hoy

Miro la pantalla del televisor, la película continúa y me imagino con él en esa escena romántica. Se me nubla la vista, es una tierna declaración de amor y cuando ella dice te amo, lloro. No puedo retener mi llanto. Quiero decirle te amo.

Me encantaba como era yo cuando estaba con él. Lo mujer que me sentía, la seguridad que me daba su mirada. Sus abrazos apretados y sus besos de fuego. Sus susurros y sus caricias.

Vuelvo a observar esta maldita película que tantos sentimientos está removiendo en mí y ahora no somos nosotros. Mi bebe era más apasionado que este insulso personaje de mentira. Sus manos grandes tomaban todo de mí, me apretujaba y me obligaba a sentirlo.

El recuerdo de sus besos me quita un suspiro.

Me robaba el aliento con su boca, sus mordidas y esa lengua rasposa que humedecía mi pieleran una delicia. Un trio perfecto que me alimentaban el alma y me electrizaban el cuerpo.

No sé qué pasaba conmigo cuando estábamos juntos, pero era fantástico. Me liberabame despojaba de todos mis prejuicios e inhibiciones y era una loba. Me hacía aullar con sus embestidas y sus toques.

Y, como la loca que soy, ahora me rio a carcajadas ¡Por Dios ese hombre me hacía gritar de placer! Si lo pienso en frio y a distancia, me da vergüenza, pero a él le gustaba que yo fuera así.

-No te cohíbas. Déjame ver cuánto te gusta lo que te hago, mi amor.

Así me decía Mi amor y así me sentía, su amor.

Recuerdo aquella primera vez que hicimos el amor No fue fácil para mí. Estaba demasiado rellenita entonces, había engordado mucho, pero él me decía que así le había gustado y que no le importaba el número que se reflejaba en la balanza.  Me quitó la ropa demasiado lentamente. Yo estaba muy nerviosa, sin embargo, su mirada de a poco fue ahuyentando mis nervios y convirtiéndolos en deseo. Sus manos dibujaron mis formas, su boca se adueñó de mis labios y su pasión contagio a la mía que estaba asustada, pero ansiosa por dejarse ver.

Nuestros cuerpos se contaron secretos libidinosos y ardientes en esa cama.

Nadie me había hecho sentir así, nunca. Me dejó en caída libre tantas veces como mi cuerpo resistió y en todas esas veces, él me recibió con abrazos mudos. Nunca me dejó caer. No tuve vergüenzas, desconfianza, dudas, nada, solo deseo y pasión.

Así me convirtió en su mujer. Besó cada rincón de mi cuerpo con una ternura infinita y mi corazón se llenó de amor incondicional esa misma noche.

Y yo no respeté esa incondicionalidad. Fui injusta conmigo, con él y con nuestro amor.

Mi cuerpo lo extraña. Mis manos duelen. Mis labios están sedientos.

Miro mi teléfono y busco su contacto. No me animo. No puedo con mis miedos. No sé si me esperó. Tal vez, si me pongo es su lugar, yo no lo hubiese hecho y es por eso que pienso que no lo hizo. Sin embargo, yo soy egoísta y él no. Entonces dudo.

Son casi las siete de la mañana y mi despertador me dice que es hora de levantarme. No dormí casi nada de todas maneras. Las horas se me pasaron entre pensamientos y recuerdos.

Una mañana más que me encuentra con el teléfono en la mano, el corazón palpitando asustado y un nudo en la garganta.

Se acabó la espera, no puedo más con esta incertidumbre. Ya no duermo, no como, no vivo como quisiera vivir.

No me gusta estar sin él.

Aprieto el botón de la llamada en un acto de absoluto brío y coraje y espero...

El martilleo de mis latidos no me permite escuchar con claridad, pero sé que está llamando una y otra vez. La espera es eterna, sin embargo, son solo segundos, un minuto tal vez.

Entonces todo sucede de pronto y ante el instante de silencio del otro lado todo mi mundo se paraliza. Abro los ojos para mirar la nada y ruego que mis palabras quieran salir por el poco espacio que mi garganta cerrada les deja.

Apenas si puedo respirar y antes de poder emitir sonido lo escucho.

-¿Luz, eres tú? ¿Mi amor, eres tú?



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Helena. La princesa de hielo.


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