Helena. La princesa de hielo.


Helena la princesa de hielo de Ivonne Vivier

Fecha de lanzamiento. Por fin!!!!

Ya en venta en Amazon


Mientras la adquieren, acá hay "alguito" para conozcan a Helena y Alex. También, abajo, hay un par de capítulos para disfrutar, si le sinteresa. Y si quieren saber como nació, pueden leerlo aqui

SINOPSIS:

Ella es Helena, una empresaria aguerrida, autoritaria y calculadora, la princesa del mercado de la industria tecnológica que mantiene su compañía en un segundo puesto bien ganado. Lo tiene casi todo y le alcanza. Solo una cosa le quita el sueño, ser la reina. Pero también Helena es la mujer que pocos conocen y que tiene un pasado doloroso que la convirtió en la persona fría y distante que ven cuando la miran, alimentando así su mote público, la Princesa de hielo.
Para llevar a cabo su proyecto anhelado, la Princesa necesita encontrar un profesional que la ayude a hacerlo realidad.
Él es Alex, un desarrollador de sistemas exitoso, un hombre seguro de sí mismo, decidido, demasiado racional, muy atrevido y el mejor en lo suyo. Sobreviviente y luchador incansable de una vida que apenas si le sonrió.
Él le promete a ella cumplir ese sueño y más… mucho más.
Son diferentes, incompatibles y apasionados. No se toleran, y por mucho que lo intenten, no pueden permanecer alejados.
No se hubiesen elegido jamás, sin embargo, el destino los cruzó sin darles la posibilidad de huir.

Helena la princesa de hielo de Ivonne Vivier


Esta será la portada, creada por la gente de E-Desing SLG, los pueden encontrar en Faceebok:  https://www.facebook.com/edesignslg/
Gracias, quedó preciosa!





Helena. La princesa de hielo.


Helena, la princesa de hielo


El trabajo no le producía ninguna emoción. Solo era trabajo y ella era, definitivamente, la mejor. Tal vez la segunda mejor. Aunque sí, la mejor mujer del rubro. Por eso era la Princesa, pero pronto se convertiría en la reina.

Había perfeccionado su estilo, se había ganado con creces, su seudónimo y estaba orgullosa de ser llamada la Princesa de hielo.

Nadie la enfrentaba sin fundamentos claros e importantes. Nadie discutía con ella si no sabía que tendría razón. Nadie la miraba a los ojos si no eran personas de confianza y había tan pocas, que casi nadie sabía si sus ojos brillaban o no, si eran marrones o verdes, o si alguna vez había sentimientos en ellos. Nadie osaba molestarla si no quería ser degradado, en pocas palabras y muy hirientes… a nada.

Mentiras. Todas patrañas, bien ocultas tras la fría escarcha de sus muros. Eso no era Helena Mackenzie. Eso era la implacable dueña y señora de Empresas Mackenzie, segunda empresa en importancia en la industria de la tecnología a nivel nacional, pero no, la sencilla Helena.

Esa mañana, los nervios de la Princesa estaban presentes para recordarle que no le gustaba hablar en público. Al menos, no frente a ese tipo de público que la examinaría de cerca.

—Tamy, mi café, por favor. —Sin mirar lo que hacía, apretó el intercomunicador, releyendo las palabras que diría en menos de media hora. No quería adelantar demasiado, pero tampoco dejar de ser clara, por lo que era mejor no equivocarse y muchísimo menos, frente a ellos.

—Voy, voy… ¡Qué día tenemos hoy! —Tamy rodó sus ojos y suspiró sonoramente.

Ser la mimada hija de un empresario viudo, bien podría haberla convertido en una mujer frívola, a la que sólo le importase ir de comprar y gastar su dinero, combinar el color de zapatos con la cartera y lucir vestidos de los últimos diseñadores de vanguardia o ser una dama de sociedad dependiente de un marido atento y cariñoso. Una mujer de familia, que se podría conformar con lo que tenía, que no era poco, y olvidarse de querer dominar el mundo, al menos “su” mundo.

No ella. No, Helena Mackenzie.

Mucho menos después de haber sido engañada en su buena fe, después de que su amor haya sido utilizado como una escalera al poder y su cuerpo como un simple lugar de descarga de necesidades fisiológicas. Eso que Mike llamaba hacer el amor no era ni pasión, ni amor, ni deseo, era una simple necesidad de penetrar una mujer y lograr una eyaculación. En eso se había convertido su cuerpo para su nefasto marido arribista. Hasta que cometió un solo error, error que a ella casi le cuesta la vida…pero eso sólo fue un detalle más.

Helena era una mujer decidida, fiel a sus principios y moral, no perdonaba fácilmente los engaños. De ninguna manera hubiese querido tomar en sus manos la vida de Mike, aunque con su dinero bien podría haber accedido a manos anónimas y expertas que no dejaran rastro alguno de accidentes trágicos, pero su consciencia no se lo hubiese permitido y eso no significaba que no lo hubiese merecido. Era una mujer de buen corazón, helado, escarchado y duro, pero bueno. Por eso, ella sólo se había quedado con la carrera de su esposo, con su mentiroso poder, su apropiado dinero y lo peor, su podrido orgullo. Eso sólo le había alcanzado a Helena para sentirse redimida.

Mike ahora, no tenía nada y Helena estaba feliz de haberlo dejado así, solo y vacío, como él la había dejado a ella, en términos no tan literales.

Su padre había sido un buen hombre, poderoso, inteligente, ambicioso y generoso, pero no había podido desenmascarar al imbécil de Mike. El gran empresario Jorge Mackenzie había sido engañado por un don nadie, un simple y codicioso contable sin demasiadas luces, aparentemente. Mike, había llegado a derribar las barreras de seguridad del amoroso padre, y lo había convencido de ser el mejor empleado y el mejor pretendiente para su única heredera, la dulce Helena.

Tiempo pasado.

Helena ya no era dulce, Jorge ya no vivía y Mike había perdido todo lo que había conseguido con sus mentiras.

Con treinta y cinco años, Helena se sentía de cincuenta. Haber perdido a su madre apenas comenzada su adolescencia y haberse hecho cargo de las emociones y el duelo de su padre, la habían hecho crecer de golpe. Su carrera universitaria había sido brillante, tanto que su padre no había dudado en ponerla a las órdenes de su, supuesto, mejor empleado para que comenzase desde temprano a empaparse de su futura empresa. El primero de todos los errores graves que su padre había cometido, el resto había sido dejar en manos de “ese mejor empleado” muchos temas que no debía, incluyendo a su hija, y haberle dado su confianza y cariño, ese era tal vez el peor de todos. Había más errores, pero el pobre Jorge ya no podía enmendarlos, ni perdonarse o pedir perdón. De todas formas, nunca lo supo, por eso había sido perdonado por su hija y ella lo había hecho sin dudarlo ni un instante.

La industria tecnológica era manejada, generalmente, por hombres. Era un ambiente machista y poderoso con olor a testosterona, pero ella pudo con todo y se posicionó como la Princesa, hasta lograr el respeto como tal. Claro está que, todo eso fue después de amputar el parásito que tenía como esposo.

Si hubiese dejado que Mike siguiese con el manejo de la administración, estaría sin nada. Era un hombre inútil y sin códigos ni principios, sólo una cara bonita y demasiada ambición. Y, simplemente para dejar que conste, una desafortunada costumbre de golpear a las mujeres. Costumbre que le había durado poco. Porque si algo había aprendido Helena de su padre, era a desconfiar de todo y todos. Y su marido había empezado a mostrar su verdadera cara al poco tiempo de desaparecido Jorge, apenas un mes de duelo había bastado para empezar a mostrarse como realmente era, un idiota. Al menos su padre había muerto tranquilo pensando que tanta insistencia en que se casase con él había dado sus frutos y Helena, su amada hija, quedaba en buenas y cariñosas manos.

Los insultos de Mike y los malos tratos verbales, habían sido moneda corriente… pero una cachetada, un día, la había puesto en alerta. Claro que la segunda vez que la había golpeado, casi la había dejado en el hospital, pero no había habido una tercera.

Un abogado para armar el divorcio, otro encargado de que no se llevase nada de lo que no le correspondiera, un investigador privado que había traído nombres y apellidos y hasta el color de la ropa interior de las mujeres que habían pasado por su entrepierna, una auditoría que mostraba la ineptitud con la que trabajaba y un cerrajero. Todo eso, había sido lo necesario para acabar con Mike y reducirlo…a nada.

Vale aclarar que el divorcio que había terminado con Mike, también lo había hecho con Helena Mackenzie tal y como todos la conocían y había dado lugar al nacimiento de la Princesa de hielo. Una mujer sin miedos, sin freno, sin pelos en la lengua y con mucha determinación. Además de otras fantasías que la prensa inventaba y alimentaba.

—Ok, aquí estoy con el café —dijo Tamy a su jefa y amiga. —Cambia la cara, mujer. Ellos tienen más para perder que tú.

—¡Por Dios Tamy!, no tengo miedo. Es sólo que no me gusta hablar con tanta gente junta. Sabes que mis palabras salen sin filtro y no quiero dar una primera mala impresión.

—Caramba, preocupada por dar una buena impresión, Princesa. Quién te ha visto y quién te ve.

—Hoy estás muy risueña. —Tamy era una rubia mujer, común y de rasgos comunes, ninguno sobresalía, pero el conjunto la hacía lucir linda. Cuerpo, otra vez, común para sus treinta y cuatro años, con todos los detalles que los treinta dejan en la piel y el abdomen y, porque no, en el trasero. Otra vez… el conjunto la hacía lucir linda y llamativa. Su gran atractivo, que la transformaba en hermosa, eran su mirada y sensualidad. Divertida y con facilidad de palabras, poco control del silencio y, lo más importante, la enorme capacidad de lidiar con Helena Mackenzie en las buenas y en las malas.

—Pasé una buena noche, en compañía. Cosa que te estaría haciendo falta, Helena, cuanto antes.

—Solo para poder ver tu espalda cuando te vas, te digo que tengo una cita con alguien que no conoces, ni conocerás. —Helena sonrió con pedantería y con su mano le hizo un gesto para que se fuera. —Adiós, Tamy.

—A veces te odio tanto. —Ambas largaron la carcajada a la vez. Helena era todo eso que quería y pretendía ser, pero para el resto, no para Tamy. Una de sus pocas amigas y persona de confianza que la conocía desde antes, cuando era la dulce Helena hija de Jorge, una mujer sensible, divertida, atrevida y buena amiga.

Tomó su café en tres sorbos rápidos, se puso una menta en la boca, un poco de perfume, brillo labial y salió con la frente alta, la cara sin gestos delatadores y los hombros erguidos.

Aquí vamos”, se dijo para sus adentros cuando Tamy abrió la puerta de la gran oficina de juntas, adonde un grupo de más de veinte personas, hombres en su mayoría, la esperaban.

Los murmullos cesaron al instante.

—Buenas tardes a todos. Gracias por venir hoy. —Hizo silencio unos segundos para recibir los saludos y comenzó su discurso. —No creo que haga falta presentarme, todos me conocen y por eso están hoy aquí. Imagino que también están al tanto de mi apodo y no me molesta, por lo que no es necesario el cuchicheo. Me lo merezco y trabajé para lograrlo. —Algunos sonrieron pensando que era una broma, pero ella no sonreía, lo que provocó que, inmediatamente, las sonrisas desaparecieran. Otros asintieron y otros pusieron cara de entender cuan acertado era ese mote. Esa última, era la postura de Alex Caseros, que miraba a la antipática y soberbia mujer desde la última silla de la última fila, lugar elegido por una simple razón, ser el primero en salir y abordar a la Princesa de hielo en su oficina. —Soy lo que dicen y más. Fría, sin corazón y dura como el hielo. Nadie me miente o intenta mentirme, no temo, no dudo y doy solo una oportunidad. Esta empresa es mi vida y pretendo que todo aquel que trabaje aquí la respete. Exijo buenos resultados y trabajo dedicado, y doy beneficios acordes a cambio de eso. Soy paciente y justa, espero lo mismo.

Su mirada era gélida, no había rastros de emoción en ella. Su voz clara y femenina, suave comparada con las duras palabras que pronunciaba, y su postura recta, no dejaban ninguna duda de que lo que decía, era así. Recorrió el lugar con sus ojos, estudiando los gestos de cada uno de los nuevos empleados o aspirantes a serlo y supuso que habría algún representante de alguna empresa intentando una sociedad futura.

El producto que estaba por desarrollar valía mucho si se hacía bien. Necesitaba gente externa, ninguno de sus empleados de planta. Procuraba poder cuidar, de esa manera, el tráfico de información que era un gran flagelo para las empresas tecnológicas que pretendían lanzar algo exclusivo, como era este caso. El contrato que habían armado sus abogados era bien detallado y los pocos encargados del proyecto debían firmarlo con cláusula de confidencialidad incluida. Por eso había invitado a los que eran considerados los mejores del rubro. Un estudio de mercado le había dado el nombre de cada uno y ella no había dudado en enviar la información e invitación necesarias para conocerlos y recibir sus propuestas. Por lo que entre los presentes estaba el desarrollador del sistema que la convertiría en la “Reina” de hielo, catapultando su empresa al primer puesto del mercado nacional, con el producto final.

Siguió por varios minutos su monólogo estudiado, aclarando de qué se trataba el proyecto y lo que necesitaba de quien considerara hacerlo, obviamente, después de aceptarlo ella.

Alex miraba con una soberbia sonrisa de lado. Esa mujer no lo intimidaba nada. Tenía tantas ganas de interrumpirla y decirle que dejara de fanfarronear y dijera lo que buscaba y necesitaba de ellos sin tanta palabra difícil… pero se guardaba sus ganas porque quería ese trabajo. Era un desafío nuevo y demasiado interesante para dejar pasar. Si realmente el proyecto era tan grande y complejo como prometía, sería increíble. Sentía como la adrenalina corría por su cuerpo con la sola idea. Otros necesitaban deportes de riesgo, vértigo o velocidad, él necesitaba esto, desafíos mentales. Su mente era brillante, como la de pocos, o tal vez ninguno, y le exigía moverse. Su trabajo era requerido solo por aquellos entendidos o necesitados que lo podían pagar. Años de estudio y dedicación lo habían posicionado en la cima. Y siempre sabía de lo que hablaba, si no hablaba era, simplemente, porque no sabía.

No tenía una gran compañía. Su empresa eran unos pocos empleados, desarrolladores de sistemas como él, mentes rápidas y atrevidas que podían seguirle el ritmo. Su propio conocimiento y experiencia y un contador que administraba sus impuestos, ingresos y egresos, completaban el staff. No necesitaba, ni quería más. Con un proyecto a la vez era suficiente. “Este” tipo de proyectos. Enormes, desafiantes, que lo obligasen a pensar y dejar todo su potencial en una computadora. Y, por qué no, cobrar lo suficiente para vivir sin complicaciones y darse algunos gustos, caros, por cierto, que tenía.

Princesa usted es demasiado arrogante, pero yo puedo serlo más aún”, se dijo en silencio, mientras recordaba aquellos años en los que esa mujer había sido una joven hermosa y codiciada de la alta sociedad. Sociedad a la que él mismo había pertenecido sin proponérselo, ni quererlo, cuando su padre era el cantante conocido que todo el mundo admiraba. Antes de la debacle que lo había arrinconado contra las cuerdas, antes de que su voz se estropee por el consumo de tanto alcohol y drogas y su cerebro quede a la altura del de un insecto. Así de bajo había caído su exitoso padre. Un buen padre y esposo que no había sabido cabalgar el éxito y la popularidad. Ni su padre, ni su madre habían sabido hacerlo bien. Prácticamente, su hermana y él habían sido criados por empleadas domésticas y niñeras, algunas mejores, otras peores… Sin embargo, no les había faltado nada, ni siquiera amor. Tal vez un poco de presencia y mejores consejos, pero podía comprender que sus padres habían hecho lo que habían podido con su vida y aunque no les había salido demasiado bien, eran sus padres y les debía, nada más y nada menos, que el hecho de vivir, ¡¿con qué derecho podía juzgarlos?!

Volvió a centrarse en la imagen de la elegante mujer que parloteaba sin descanso y sin simpatía y la comparaba con la imagen de la revista que tenía en sus manos, “La Princesa de hielo sigue siendo una de las mujeres empresarias más bellas del país. Solitaria e implacable sabe cómo y bla, bla, bla…” Alex pensaba que la foto no le hacía justicia, era aún más fría y su mirada mucho más desafiante y vacía que en la imagen. Siempre había sido arrogante, una niña mimada y consentida, sin experiencia en la vida, ya que vivía en una burbuja de cristal creada por el dinero de papi. Cosa que no se comparaba con él, que con casi la misma edad ya acarreaba los cuerpos dormidos y pesados de sus padres borrachos o drogados, a la cama. Limpiaba sus vómitos, dejaba píldoras para la resaca en la mesa de luz y peleaba con sus amigos oportunistas, además, de cuidar a su hermana menor y evitar que se metiera en líos mientras crecía sin buenos ejemplos a seguir.

Pero algo había cambiado en la mirada de esa niña rica y no era solo su aspecto, que se había trasformado en el de una mujer sensual e interesante. Sí, podía decirlo, sin ganas de querer hacerlo por supuesto. Su arrogancia estaba intacta o más grande incluso, pero ahora había una vida vivida en esa mirada, sus hombros cargaban un pasado, bueno, malo, mejor o peor, no lo sabía, pero su postura y los movimientos seguros de mujer inquebrantable y llena de misterios, se lo aseguraban. Ciertamente nadie osaría discutirle, preguntar o acercarse siquiera sin permiso, pero a él le importaba poco su apariencia intimidante. Aunque reconocía que era buena en su actuación y eso le daba más oportunidades, ya que más de uno de los presentes estaba asustado con la sola presencia de Helena Mackenzie.

Por fin el silencio invadió la oficina y varias manos se levantaron. Esa parte, Alex, no la había escuchado, mentalmente se había alejado un poco recordando, por lo que no sabía a qué se debían las manos en alto.

—Señorita Mackenzie, ¿cuánto tiempo se le asignaría al proyecto?

—Interesante —susurró Alex en voz baja. —Preguntas… es una buena idea. —Eso le dejaba menos dudas para después. Él había creído que se les entregaría alguna carpeta, además de la información anterior en la que se describían los detalles para poder armar un plan de trabajo y presupuesto, pero había más.

—Cuatro meses.

—Imposible —dijo Alex, casi en un grito, sin levantar la mano ni pedir permiso para hablar. “¿Acaso esa mujer sabía de lo que hablaba?” Sí, lo sabía y era consciente de que era imposible ese período de tiempo, pero Alex no tenía ni idea. Ella solo buscaba al pez que mordiera el anzuelo y le prometiera esa mentira, sólo para descartarlo. Helena odiaba los condescendientes y aduladores mentirosos.

—¿¡Perdón!? —Helena enfureció, nadie le hablaba así en su empresa por más razones que tuviese para hacerlo. —Por favor déjese ver, señor…

—Caseros. Alex Caseros. Y aunque no le guste oírlo, es imposible terminar el trabajo que pide en solo cuatro meses. Si alguien en esta sala le dice lo contrario, miente.

—¿Alguna otra pregunta? —La voz de Alex quedó silenciada e ignorada por la gran Princesa de hielo que no podía con la furia que amenazaba con dejar a todos con las palabras en la boca y sin su presencia. Su mente gritaba furiosa ¿Cómo se atreve? ¿Quién es este hombre que no entiende de modales? Estúpido, desubicado, pedante…y delante de todos…

Sin demasiada concentración, Helena respondió las pocas preguntas que le hicieron y se marchó después de un saludo escueto hacia los presentes.

—Quiero a ese… señor… en mi oficina, ahora —exigió, intentando guardarse para sí cualquier adjetivo, descalificativo en este caso, que invadía sus pensamientos.

—Helena, te pido tranquilidad. Si bien no fue de lo más educado, sabes que tiene razón. Además, es de los buenos —dijo Tamy. Su jefa la miró girando de golpe, con sus ojos como cuchillos hirientes. Tamy frenó su caminar y se tragó su risa, nada le daba más gracia que ver a su amiga contrariada por alguien y herida en su orgullo.

—¿De qué lado estás?

—Del lado de adentro, siempre. Afuera me muero de frío.

—¡Por Dios! Tamy, hoy no te soporto… —Levantó la mirada para evitar sonreír, ella siempre lograba sacarle una sonrisa, pero no le daría el gusto esta vez. Necesitaba conservar el enojo para dedicárselo al señor sabelotodo. Retomó sus pasos y volvió a ordenar en su tono frío. —Alex Casero. Ahora. En mi oficina.

—Alex Casero la está esperando en la puerta de su oficina ahora, señora Mackenzie. —La voz ronca y divertida del hombre la sobresaltó. —La estaba esperando. Aparentemente tenemos la misma idea. Conversar.

—Uno, señorita y dos, no creo que sea del mismo tema, señor Caseros.

—Alex, por favor.

—Adelante, Señor Caseros —enfatizó en el apellido dándole a entender que ella no lo llamaría por su nombre.

Alex se guardó las ganas de reír ante el enojo caprichoso y sin sentido de la mujer que caminaba delante de él sin dedicarle ni una mirada. Apenas sonrió a Tamy, que cerró la puerta después de indicarle que tomase asiento.

Definitivamente no era un buen comienzo, pero ganaría esa batalla. Sabía que tenía las armas a su favor.

***

Helena estaba pensando que decir, mientras Alex la recorría con la mirada y, por qué no decirlo, la evaluaba.

De cerca era hermosa, su mirada podría ser más bonita si no estuviese cargada de arrogancia, pensaba mientras analizaba cada detalle. Sus ojos eran de un común color marrón, pero su forma era sensual, o tal vez el delineado de sus perfectas cejas los hacía ver así, rasgados. Tenía una hermosa nariz, larga, femenina, recta y puntiaguda que no contrastaba con la boca de labios carnosos, el inferior más que el superior, por lo que lo hacía demasiado apetecible. Definitivamente mordería ese labio antes de besarlo, o después, o durante. Mentón pequeño, cara redonda. Cabello corto, sin llegar a tocar los hombros, con las puntas peinadas hacia arriba y flequillo largo sobre un costado que casi cubría uno de sus gatunos ojos, era de un usual color castaño oscuro, pero brillante y sedoso, al menos esa era la impresión que le daba. No podía reparar en sus curvas, sería demasiado desubicado hacerlo, pero ya lo haría. Por el momento lo que podía ver, era que sus pechos eran lo suficientemente grandes como para abrir un poco los botones de la camisa y revelar un escote admirable. Por lo que había visto de lejos, era dueña de una cintura pequeña y, adivinaba, que de un buen trasero. Se sacaría las dudas después.

Una hermosa mujer adulta, concluyó, y digna de ser seducida, claro, si le gustaran las mayorcitas. Lamentablemente sus gustos eran otros, las “menos treinta”. Con sus casi treinta y ocho años, Alex todavía lograba alguna que otra conquista de esas jovencitas que lo tentaban con sus armoniosos cuerpos y cerebros dormidos.

—Señor… —La voz de Helena lo sacó de sus pensamientos mientras lo miraba molesta y levantaba una de sus impecables cejas. Las manos entrelazadas delante de ella, eran de una absoluta delicadeza, dedos largos y finos con las uñas impecablemente pintadas de un rojo carmesí que pedían ser miradas. Alex adoraba las manos lindas en una mujer. Sus sueños lujuriosos, cuando los tenía, comenzaban con una mano pequeña y prolija recorriendo su pecho, bajando hasta su abdomen y perdiéndose lentamente entre sus ropas. Se movió en el asiento incomodándose por sus pensamientos. Su erección quería hacer presencia, con la sola imagen de esa mano desprendiendo su cinturón. Alejó, obligadamente, sus pensamientos. Quería ese trabajo y necesitaba concentrarse. —…Caseros. Usted realmente ha sido un impertinente con su cometario. Y yo no permito impertinencias en mis reuniones.

—No considero haber sido impertinente, sino coherente.

—Lo dicho es un detalle, me refiero a sus formas. En esta empresa no se toleran las malas formas.

—Entiendo, solo las suyas, ¿no es así? —Alex le clavó la mirada sin dudarlo.

—Esto no lo puedo permitir. Necesito hablar en este instante con su superior. Le haré saber personalmente por qué la empresa que usted representa queda fuera de toda búsqueda. No lo quiero cerca de este proyecto y de ningún otro en mi empresa. —Helena notaba como su cuerpo se iba tensando desde la punta de sus pies hasta el último músculo de su cuello.

—Soy mi propio jefe. No represento a nadie y si me quiere fuera de su proyecto, se arrepentirá. Quiero que sepa que me resulta muy tentador y es un buen desafío. Tengo miles de ideas que pueden hacerlo mejor aún de lo que imagina. Pero pongo condiciones. Soy lo que busca y necesita. Y, para su conocimiento, tampoco acepto las malas formas.

—Usted es muy arrogante.

—Permítame reírme por quien me lo dice. —Alex no entendía la necesidad que sentía por pelear verbalmente con ella. Desarmarla mientras podía, lo hacía sentir bien. Cosa que incomodaba y enojaba cada vez más a Helena. —No la juzgo, tiene sus motivos para serlo, pero yo también. Aunque soy sincero, no arrogante, en mi caso. Soy el mejor desarrollador de sistemas que podría tener para este proyecto. Pero no lo terminaré en cuatro meses. Mínimo siete, máximo diez.

—Habla como si ya estuviese contratado y no está ni cerca de estarlo. —Se levantó de su silla porque las piernas se le dormían por el enojo que crecía en ella. Nadie le hablaba así. Nadie y mucho menos un desconocido. Caminó escasos dos o tres pasos detrás del asiento adonde estaba sentada y se volvió a mirarlo otra vez. —No me gusta su tono al hablar, no me gustan sus palabras y no me gusta usted, señor Caseros.

—Eso no es relevante a la hora de trabajar. Usted tampoco es de mis personas favoritas.

—Su…sinceridad…es exasperante. —No quiso decir arrogancia para no volver a ser corregida. Caminó hasta estar muy cerca de la silla donde estaba sentado su oponente en la batalla de poder. La furia brillaba en sus ojos. Alex estaba poniéndose de mal humor. Lo que había comenzado con diversión estaba llegando a la molestia. Helena apoyó una mano en el apoyabrazos y la otra en el respaldo de la silla, incómodamente cerca como para llegar a oler su perfume masculino, demasiado rico para pertenecerle. Eso lo pensó por pocos segundos, pero nuevamente la mirada sobradora y burlona de esos pequeños ojos oscuros, la llenaban de la intensa necesidad de insultarlo. —Usted es vanidoso y soberbio. No obtendrá el trabajo.

La mirada de Alex viajó sin disimulo al escote, que quedaba al descubierto por la posición de ella. Un sostén de encaje, inmaculadamente blanco, se dejaba ver y sus pechos grandes y redondos asomaban atrevidos. Y unas, casi imperceptibles manchitas, lo invitaban a pasar su lengua por ellas. Levantó las cejas y luego clavó sus ojos casi negros y pícaros, en los marrones y rabiosos de ella, que estaban demasiado desacostumbrados a recibir miradas tan directas. Volvió a repasar esos pechos dignos de volver a ser mirados, en el mismo instante en que ella se percataba del hecho, y sonrió con sorna. Observó de cerca esa mano delicada con nudillos blancos por el fuerte agarre. Esos largos dedos estaban tan cerca de su sexo que estaba empezando a despertar que, casi sintió la necesidad de moverla esos pocos centímetros y apoyarla sobre su pantalón para que lo apretase con la misma furia.

—Usted me desagrada, pero la vista que regala es interesante.

—Lo quiero fuera de mi oficina. Ahora —ordenó ella poniéndose recta nuevamente. Su voz era suave, pero determinante y no admitía discusión, cosa que a Alex no le importó.

—Tiene un día para pensarlo. Es lo que demoro en responderle a otro cliente que espera mi respuesta. Tomo de a un proyecto a la vez y me dedico el ciento cincuenta por ciento —dijo sonriendo mientras se levantaba y pasaba, demasiado cerca, del cuerpo ardiente de bronca de Helena. —Me interesa el proyecto, señora. Dejo mi carpeta con su secretaria. Piénselo. Siete a diez meses y usted tiene el producto que quiere, incluso algo superior a lo que lo imaginó. Así de bueno soy en lo que hago. —Caminó a paso lento y firme por la amplia oficina y, sin darse vuelta para saludar, la dejó sola. Helena tenía la sangre hirviendo en sus venas, no entendía como las cosas habían cambiado de esa manera, ¿en qué momento había pasado a ser quien tenía el reloj corriendo para tomar una decisión? Ella había propuesto el trabajo, no era él quien tenía el sartén por el mango, era ella. Ella.

—Cierre la puerta —exigió, pero nadie obedeció. Escuchó el simpático saludo que le dedicó a Tamy y explotó. —Imbécil.

Un portazo se escuchó de pronto y por mucho que lo intentó, no pudo retener las dos lágrimas de impotencia que bajaron de sus ojos.

—Helena.

—Ahora no.

—Bien, bien, bien. Nos sentamos, respiramos profundo. Ya vuelvo con un cafecito, no, mejor un té. ¿Cierto? –En dos minutos, Tamy se sentaba frente a Helena que todavía estaba ardiendo en cólera. —Ahora, Helena, suéltalo.

—Es un estúpido, malnacido, arrogante, pedante, soberbio y maleducado.

—Pero está buenísimo.

—Es desagradable. Ni siquiera es buen mozo. Y esos tatuajes... ¡Por favor!

—Por Dios ya empezaste. No tienes ni la edad para ser mi madre y hablas como mi abuela. Obvio que no es buen mozo, es… es… sexy. Salvajemente masculino.

—Es sucio, desprolijo y desalineado.

—Nada de eso. Simplemente no usa trajes hechos a medida. Me gusta su estilo, es más, me encanta. Si estuviese soltera y fuese mi tipo de hombre, no lo dejaría escapar. —Helena puso los ojos en blanco, no podía creer que le pareciese todo eso. Pero lo dejó pasar, no tenía ningún interés en discutir sobre el mal gusto de ese hombre a la hora de vestir.

—Me insultó.

—Merecido lo tienes. Lo insultaste primero. —Una mueca de enojo molestó esta vez a Tamy que, sin reparos podía hablar con su amiga, sabiendo que ella nunca lo tomaría a mal. Por supuesto que no todo lo que le decía le gustaba, pero para eso estaban los amigos, no para mentir o adular. —Helena, tú te crees intocable, más adulta que los demás adultos porque vistes a lo ejecutiva, con esas faldas ajustadas, blusas y sacos entallados. Te crees esa porquería que dicen de ti, que eres la Princesa de hielo, te haces la temible, intratable, dura y ahora, para que lo sepas, hasta dicen que eres frígida. —Helena levantó las cejas al escuchar ese comentario, eso sí que nunca se lo habían dicho, lo demás era costumbre ya. Tamy sabía que alguna vez y de tanto repetirlo, entraría algo en esa necia cabeza suya y dejaría de aparentar lo que no era, por lo que sus palabras eran crudas. —Sí querida, hasta eso dicen de ti. Y mucho más. Pero porque se lo permites a todos y cada uno. No te respetan, te temen. Y tú buscas respeto. Yo te respeto más en tu casa con los jeans y zapatillas, cuando miramos una película y comemos chocolate que, sentada ahí con esta elegante y bella vestimenta. Así me das risa.

—Tamy te estás pasando.

—No, amiga, es cierto. Cuando te veo enojada, acá en la empresa, me dan ganas de reírme.

—¿A qué viene todo esto?

—A nada en particular, y a todo a la vez. Escuché tu conversación con Alex Caseros. Si me preguntas a mí, de todos los candidatos, es el que prefiero. Sabe lo que hace. No miente en lo que dice, es el mejor. Pero vas a tener que tragarte el orgullo para llamarlo.

—No lo voy a hacer.

—Sí, lo vas a hacer. Tu empresa lo necesita. Mueve tu trasero ajustado en esa falda y siéntate en esa silla. Estudia su propuesta, compárala con las demás, y dime si no lo necesitas a él. Te agregué una lista de sus trabajos pasados, una muy buena lista, por cierto. —Helena se calmó. Su secretaria no era solo eso. Era su mano derecha y sabía mucho más de lo que todos creían.

Pasaron cincuenta y tres minutos exactos hasta que una sonrisa emocionada llenó sus ojos de brillo. Realmente era lo que prometía. Odiaba tener que comerse su orgullo. Pero no podía dejarlo escapar. Puso el dedo en el intercomunicador y dudó varios segundos negando con su cabeza.

—Quiero a ese sucio en mi oficina a las nueve.

—No es sucio. Huele rico. —“Si huele rico”, pensó con una sonrisa más amplia. Ya estaba de mejor humor.

—Que sea puntual.

—Sí, señorita. —La voz de Tamy sonaba divertida. Odiaba que sonara así todo el tiempo en el que ella divagaba de un humor horrible a otro espantoso. —Como diga la Princesa de hielo.

—Te escuché.

—Era la idea. —Helena sonrió y se quedó mirando la letra clara y prolija de la última nota agregada en la carpeta de Alex y se perdió en el análisis de lo que había visto en ese hombre.

No era un hombre más, ni pasaba desapercibido por más que quisiera. Su altura de por sí era llamativa. Su pelo negro, largo hasta más abajo de los hombros, peinado descuidadamente hacia atrás, pero rebelde como el dueño, se movía sin control cayendo cada tanto sobre su frente y sus ojos. Esos ojos de mirada potente, intensa y oscura y, por momentos burlona, eran ojos pequeños pero sugestivos. Cejas tupidas, una de ellas con una cicatriz atravesada que le daba aspecto de hombre peligroso. Su nariz, podría decirse que era ancha y masculina, pero encajaba perfectamente con su boca grande de labios más bien finos y sonrisa perfecta, como de dibujo, que sin proponérselo llegaba a su mirada haciéndola sincera inmediatamente. No obstante, al mirarla fijo, él entrecerraba los ojos convirtiendo esa mirada en una intimidante, que la incomodaba un poco, pero la fascinaba. La barba de varios días lo hacía ver desalineado pero sexy, sí, definitivamente era sexy, pero no se lo reconocería a Tamy, “antes muerta”, pensó.

Se descubrió más interesada de lo que imaginaba. Incluso había reparado en su aspecto mucho más de lo que pensaba. Pero no era para menos, su vestimenta sobresalía de entre todos los presentes que usaban traje. Un jean gastado, demasiado, a punto de rasgarse a la altura de una rodilla, cinturón de cuero ancho, una correa de hilos trenzados le caía por un costado desde un pasa cinto de adelante hasta el bolsillo de atrás del pantalón. Camiseta negra ajustada de mangas tan cortas que dejaban ver todo el brazo tatuado hasta el antebrazo y un chaleco de traje desprendido por encima. Otro tatuaje en el hueco entre el pulgar y el índice y anillos en ambas manos, el más hermoso, el del dedo pulgar izquierdo, un simple aro negro con bordes plateados que brillaba en cada movimiento de esa masculina mano. Voz ronca y profunda…que hacía vibrar su nuez de Adán de una forma casi erótica. Tamy una vez más tenía razón, era masculino, con una belleza salvaje que era imposible de negar. Su andar seguro y lento había obligado a Helena a reparar en su más que tentador trasero.

Necesito juntarme menos con Tamy, definitivamente”.

Alejó como pudo los pensamientos sobre Alex y se centró en su letra, o tal vez no era suya, no podía serlo, era demasiado prolija y casi perfecta. Su propuesta era impecable, sin defectos y con agregados interesantes. Tragó saliva, inquieta al darse cuenta que lo tendría que volver a enfrentar y nuevamente la furia se apoderó de ella, llegando casi hasta el límite del desprecio. “Lo que tiene de atractivo lo tiene de idiota”, pensó con enojo, cerrando ya la carpeta y zanjando el tema, para avanzar en sus otras tareas.

Alex estaba llegando a su oficina, después de calmar su bronca con unas buenas aceleradas de su moto. Esa mujer era insoportable. Estaba planteándose muy seriamente si de verdad quería ese proyecto por más tentador que fuese, la sola idea de tener que tratar con Helena Mackenzie lo acobardaba. Podía desafiar verbalmente a cualquiera que lo enfrentase, no se amedrentaba con nada, pero esa mujer no tenía siquiera argumentos válidos. Dando vueltas a sus pensamientos llegó a destino, su oficina. Necesitaba aflojarse, hasta su caminar lo mostraba tenso. Apretó el botón llamando el ascensor y esperó bufando como toro embravecido.

—¿Quién le da el derecho de decirme que no le gusto y después no aguantar que se lo dijesen a ella? Incoherente, mal educada, soberbia.

—¿Me hablas a mí? —Una voz sensual llamó su atención. Miró con los ojos entrecerrados como usualmente hacía y descubrió que la dueña de esa voz era tan llamativa como su sonido. Los labios demasiado pintados le sonreían, provocándolo. Helena fue abandonada por sus pensamientos en el mismo instante que vio esa boca.

—No, perdón. Pensaba en voz alta. —La puerta del ascensor se abrió y Alex, como el caballero que era, esperó a que la señorita entrase primero. Tal vez era la oportunidad justa de mirarle el trasero. —¿Vamos?

—¿Adónde? —Sonrió para sus adentros. Pensó que era del tipo de mujer que le gustaban, sin cerebro y atrevidas, con el cuerpo lleno de curvas y contra curvas.

—Al ascensor.

—Claro, sí. Es que estaba… sí… obvio. —Los titubeos de la mujer le dieron una respuesta a una pregunta que no tuvo ni tiempo a formularse. “Le gusto.”

Tres pisos, necesitó para conseguir el número de teléfono y uno más para darle el primer beso y dejarla con la necesidad de responder con un sí a su visita nocturna. Al pedirle la dirección para pasarla a buscar descubrió que no vivía en el edificio por lo que todo salía a pedir de boca, no volvería a verla, o sí, sólo si lo quería hacer, pero eso no le pasaba muy a menudo con las mujeres de su estilo, por lo que sus esperanzas no eran elevadas. El que actuaba en momentos como ese era su cuerpo, que ya hacía tres días que no tenía sexo con nadie y lo necesitaba con urgencia.

Era un hombre muy sexual y no le era difícil conseguir con quien saciar su necesidad, por lo que lo aprovechaba al máximo, sin culpa, sin compromisos, sin pedir perdón. Él proponía, la mujer disponía. Si ella aceptaba, él le daba lo mejor en ese momento. Sabía lo que era el placer de un momento, el simple hecho de desatar la pasión y dejarse llevar. Estaba bien con el sexo ocasional, sí, le gustaba y no había nada de malo en eso.

Con un poco más de calma, algo de trabajo terminado y con una cita programada, volvió a su casa.

—Llegué, Mili.

—Tío, que temprano. Tomy está en la casa de un compañero haciendo un trabajo, pero viene a cenar.

—Ok. Me doy una ducha y calentamos lo que María dejó. —Se acercó a darle un beso en la frente y ella lo abrazó por la cintura, con una sonrisa sincera en los labios, para después dejarlo ir. Mili adoraba a su tío, él nunca le negaba un cariño, un mimo, un beso o las palabras justas, esas cosas que nunca recibiría de sus padres, se las daba, en exceso, su tío. Y ella lo agradecía amándolo mucho.

Ya solo otra vez, Alex se encontró con sus pensamientos y volvió a su mente la histérica Princesa de hielo. Definitivamente, lo agotaba. No podría con eso todos los días, no era necesario ese martirio. Mal ambiente laboral no combinaba con su paz interior, ni con su concentración. Llamaría a sus empleados y se los diría. Lamentablemente ya no había proyecto. Era mejor aceptar el de la discográfica, era un sistema administrativo sencillo que le pedía un conocido de su padre, pero podía servir para darles tiempo de buscar, y encontrar, una mejor opción. Una verdadera pena y desilusión.

Ya estaba en la ducha, bajo el agua caliente cuando recordó la imagen de esas manos pequeñas y prolijas sobre el escritorio. La piel de esa mujer parecía de porcelana, las pequeñas pecas de su pecho la hacían ver encantadora. Encanto que se esfumaba en su mirada fría. Claro que sus pechos eran una buena distracción. Miró hacia abajo y vio su erección, enorme y palpitante.

—Ahora sí estoy para internarme, ¿¡de verdad!? No me daría la vuelta en la calle por una mujer así y tú despiertas, como si ella fuese la diosa más increíble del planeta, la mujer más irresistible. —Largó la carcajada al darse cuenta de que estaba hablando con su pene. —Ok, esta mujer me trastorna.

Intentó pensar en la otra mujer, la rubia que lo esperaría a la noche, sobre sábanas frías para calentarlas en pocos segundos. Esa mujer era todo lo sensual que podía necesitar para atraerlo, sus movimientos y su forma de hablarle no dejaban dudas de lo que quería. No necesitaba lo que estaba pensando, podía esperar las pocas horas que faltaban para guardarle energías a esa provocativa rubia, que tenía todas las partes del cuerpo que le gustaban en su lugar. Pero “eso” no bajaba, seguía ahí, reclamando atención. La rubia se esfumaba de su mente y aparecían esos labios, gruesos y brillantes... Negando con su cabeza, confundido y contrariado comenzó con la tarea, poco a poco bajó su mano. Su mente rechazaba la idea, pero su cuerpo le rogaba. Se rindió. Solo él lo sabría, movió su mano tan rápido y fuerte que en pocos minutos logró saciar su deseo. No se permitió pensar ni un instante en que se había masturbado pensando en la mujer más insoportable que alguna vez había conocido.

—No hay proyecto, es un hecho. Y es la última vez que hablo solo. —Miró su teléfono con la intención de hablar a la oficina y poner a todos al corriente de su decisión. ¿Tres llamadas perdidas? Pensó al ver la pantalla y marcó el número que no reconocía, absolutamente intrigado.

—Empresas Mackenzie. Tamy habla, ¿en qué puedo ayudarle? —Alex suspiró relajado. Terminaría con todo antes que ella lo hiciese. Incluso sentiría que ganaría esa batalla, rechazando antes de ser rechazado.

—Hola, Tamy, soy Alex Caseros.

—Señor Caseros, lo estuve llamando para decirle…

—Tamy, no seguimos interesados en el proyecto de la empresa Mackenzie, por lo que te agradezco el llamado, para lo que sea que lo hayas hecho. —Después de interrumpirla, todas las palabras salieron de un tirón sin darle tiempo a respirar, y ya estaban dichas. Pasaría a otro tema en cuestión de segundos, un saludo de despedida bastaría para eso.

—Señor Caseros, mi llamado era justamente para lo contrario, proponerle una nueva reunión mañana por la mañana con la Señorita Helena Mackenzie y ajustar detalles para comenzar cuanto antes con el trabajo. En pocas palabras, necesitamos de usted para esto, por supuesto, si lo vuelve a pensar y acepta. Tenemos un contrato esperando ser firmado. —Tamy había tenido que cambiar el discurso al escuchar el contundente rechazo y había encontrado una forma, poco explícita, de disculparse con él. Si pensaba que lo necesitaban, tal vez lo analizaba otra vez y, si no era orgulloso como su jefa, tal vez aceptaría. Pensar en Helena la obligaba a estudiar cada palabra que diría, una de más o de menos, que le indiquen a este buen señor que la Princesa estaba bajando de su pedestal por él, sería despedida y tal vez desmembrada con hilo dental utilizado como arma cortante.

—Lo siento.

—Señor Caseros. Creo que esto es una oportunidad imperdible para ambos. Empresas Mackenzie está por demás de interesada en trabajar con alguien de tanto renombre y experiencia como usted. Analice, por favor, la propuesta que le envío en este instante por e-mail, hay detalles que pueden ser modificados en la reunión de mañana. Si la acepta, confírmeme su presencia, puede hacerlo por e-mail también, no es necesario un llamado.

—Está bien, leeré la propuesta, pero no te prometo aceptar el contrato. Solo es curiosidad.

—Es un comienzo... No va a poder decir que no. Nos vemos mañana. Que tenga buenas noches, señor Caseros. —Alex se despidió de Tamy. Le gustaba su determinación, sería capaz de lograr convencer a cualquiera, de cualquier cosa. Además, era simpática y de sonrisa fácil y eso lo podía. Una buena y sincera sonrisa derribaba sus límites.

Comió con sus sobrinos y antes de su cita, sin poder más con la incertidumbre, leyó el contrato. Una vez más se sintió tentado. Incluso el pago era más de lo que pretendía. De verdad lo querían a él y suponía que no había sido por una buena primera impresión. Evidentemente sus trabajos realizados pesaban más.

No podía, ni quería, seguir dándole vueltas.

Aceptaría, pero con condiciones claras.

Envió el e-mail confirmando la reunión y salió con una sola idea en la cabeza. Sexo caliente y lujurioso con la rubia del ascensor.



Tentados? Hay tanto por leer, tantas cosas pasan este par... !
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Nos seguimos leyendo.



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