Esa primer vez.

Club Mystique, Tenerife


La verdad es que dudábamos si entrar o no, no sabíamos hasta qué punto había sido una buena idea conocer ese antro. Al menos eso es lo que pensaba, como primera impresión, de un bar de intercambio de parejas, de solos y solas y demás actividades sexuales, de las que nosotros no teníamos ni idea. Con nosotros, me refiero a mi esposo y a mí.

Todo esto comenzó por él, Germán, mi marido. Un día tuvo una conversación con el amigo de un amigo, un desconocido en realidad, quien le contó las cosas que se veían en este tipo lugares. Y su curiosidad quedó encendida.

Después encendió la mía, para que negarlo.

Reconozco que no somos conocedores de estas actividades, digo, sí sabemos que la gente practica sexo y mantiene sus relaciones de mil formas diferentes, sin embargo, no conocemos más que la teoría y dejamos nuestra imaginación para el resto.

Este desconocido conversador (amigo del amigo de mi marido), durante la charla especificó que había un bar en el que se practicaban todo tipo de “cositas interesantes” (repito textual) y que era muy discreto. Germán se quedó prendado de la idea de conocerlo cuando escuchó la palabra “discreto”.

Su intriga fue tal que, con pocas palabras emocionadas y sumadas a su carita de “te prometo que lo vamos a pasar muy bien”, me convenció.

Cada noche nos encontrábamos hablando y maquinando ideas, queríamos saber qué morbo podía crear en nosotros ver todo lo que se practicaba en la oscuridad, tras la puerta de un lugar en el que todo era permitido. O casi todo, porque había reglas, aunque no sabíamos cuales obviamente…no obstante, las averiguaríamos.

Investigamos, miramos fotos, videos y escuchamos experiencias. Lo conversamos mucho, obviamente, no tomamos la decisión a la ligera. Nos convencimos y nos aseguramos de no mentirnos a nosotros mismos, porque teníamos miedo de equivocarnos. No éramos una pareja abierta, ni habíamos sido infieles jamás, practicamos un sexo divertido sí, pero nada innovador… Supongo que puedo decir que somos una pareja como cualquiera.

Una vez que tomamos la decisión, nos pusimos de acuerdo en algunos detalles, por ejemplo: no mantener la vista fija en nada ni nadie, estuviese haciendo lo que estuviese haciendo, no faltar el respeto a las personas que se nos acercaran sin importar la intención, no reírnos…en fin…cosas de sentido común, al menos, nuestro sentido común.

Esas serían “nuestras” reglas, ya averiguaríamos las propias del lugar.

La idea era pasar una noche diferente.

La consecuencia, después les cuento.

Era nuestra primera vez.

―¿Lista? –Germán me miró fijo a los ojos, buscando en mi mirada algo más que la respuesta que le diera con las palabras. Quería estar seguro de que yo realmente quería entrar. No soy puritana, ni mucho menos, aunque tampoco la reina de la sexualidad libre, debo reconocer.

―Te dije que sí, amor. Entremos. Veamos que nos estamos perdiendo. –Largó una carcajada ante mi comentario bromista y me dio un beso. Me tomó la mano fuerte y entramos hacia un mundo desconocido.

Lo primero que vimos fue una barra de bar, común, con gente hablando como si nada, “normal” pensé. Hombres y mujeres coqueteando y conversando como en cualquier bar ordinario. Algunas sillas y sillones acá y allá y una pista de baile en la que algunas parejas se movían sensualmente. Nada sorprendente.

Caminamos por el pasillo que comenzaba al final de esa barra, nos llamó la atención porque nos alejaba de esa “normalidad”. Entonces sí, lo sorprendente nos invadió la vista… bueno, en realidad, todos los sentidos se involucraban.

Sillones con gente ya no seduciéndose, más bien seducida, algunos a medio desnudar otros desnudos y teniendo actividad sexual de algún tipo. No era mucha la gente, pero chico el lugar, por lo que se hacía más impresionante la visión. Dimos unos pasos más y nos encontramos con habitaciones a nuestros lados, sin puertas, algunas cerradas con cortinas y otras abiertas de par en par, algunas vacías y otras con gente, parejas, tríos, cuartetos, no miré en detalle ni me puse a contar. Pero todos, absolutamente todos, practicando sexo de todas las maneras imaginables. Aunque en una de las habitaciones había un señor, muy acomodado en un gran sillón que, no hacía nada, solo observaba las coreografías amatorias de varios personajes que compartían una cama. Bueno, supongo que eso era hacer algo para él.

Nadie miraba a nadie, o si, pero de un modo libidinoso, sensual, para despertar el morbo que invadía, aunque no lo quisiera asumir tan pronto, nuestros cuerpos. El aire estaba viciado de deseo, sexo, fantasía… Las miradas insinuaban, invitaban, no juzgaban ni investigaban. Incluso nosotros no mirábamos así. La latente atmosfera sexual nos asaltaba sin aviso y solo nos instigaba a gozar del momento.

Estábamos extasiados y nuestras respiraciones estaban alocándose.

En el camino, mi marido me soltó la mano y me abrazó por la cintura desde atrás, me sentía realmente excitada por lo que veía y escuchaba, no puedo negarlo. La sensación que tenía era como si alguien invisible me acariciaba la piel y me encendía, no me hubiese importado desnudarme y sumarme a alguno de esos escenarios. El ambiente era sensual, caliente, provocador y así me sentía yo también. Pude apreciar a mi marido en el mismo estado, cuando me puso delante suyo y me apoyó su cuerpo, con erección incluida.

Seguimos caminando, él me abrazaba más fuerte y sentía que estábamos casi en el limbo, su sexo rozaba mi trasero de una forma provocativa y yo lo dejaba… es más, lo incitaba caminando despacio y apoyándome más en él.

Con la respiración algo agitada me susurró algo al oído y me lamió el lóbulo de la oreja. ¡Dios mío estaba tan estimulada que me hubiese metido en cualquier cama de las que veía, sin importar cuan ocupada estuviera!

Seguimos caminando a oscuras prácticamente, sin embargo, a lo lejos se veía un claro de luz y allá nos dirigimos. Necesitábamos mirarnos y hablarnos, sacar nuestras emociones hacia afuera de alguna manera.

Aunque parecía que había más para ver, porque pasamos por una habitación más grande que las anteriores que casi no se veía desde el pasillo. Estaba en total penumbra. Había solo una gran cama, donde todo daba igual, todos con todos, se besaban, se tocaban y penetraban, hacían los que les gustaba y disfrutaban sin prejuicios. Sexo duro, perversión… todo parecía estar permitido en ese reducido espacio. Realmente, me incomodó un poco esa visión. Supongo que mi apertura sexual tenía un límite y era ese. Tanta gente junta… Eso de verdad no lo disfruté, no me gustó y apuré mis pasos, seguida de Germán que no me soltaba.

―¿Estás bien? – me preguntó mi marido mientras yo me apoyaba contra una pared vacía, para asimilar lo que había visto hasta ahora.

―Sí, ¿tú? –Me estudió la mirada y los gestos. Me conoce, supo que mi respuesta era sincera y que lo deseaba en ese instante.

―Excitado a más no poder y parece que tú también. –Se acercó a mi boca desesperado y me besó con furia. Acepté y devolví el beso con la misma desesperación. –¡Amor, esto está muy bueno!

Apenas pudo terminar la frase porque me prendí a su boca. Comenzó a acariciarme la pierna hasta meterse debajo de mi falda. Yo estaba encendida y algo incómoda, la gente pasaba por ahí, aun así, parecía que a él no le importaba nada y a mi cuerpo tampoco. Logró llegar con sus manos a mi trasero, me apretó contra él y su sexo rozó el mío, se refregó contra mí jadeando y me robó un gemido de placer. La sensación de poder ser observados era rara, pero placentera.

Otra pareja se puso cerca nuestro y comenzó a tocarse y besarse sin pudor alguno. No eran tan recatados como nosotros, los novatos.

Protesté un poco y le pedí parar porque descubrí que no era tan liberal como para practicar sexo en ese pasillo y frente a ellos. Supongo que era así, porque de verdad estaba algo confundida y contrariada. Nada deseaba más que tener una buena sesión de sexo en ese lugar con mi marido y que todos nos mirasen, sin embargo, no me animaba.

Ante mi negativa de seguir, Germán apoyó su frente en la mía y me dió un último beso. Con una mano se acomodó el enorme bulto que tenía entre sus piernas, suspiró, movió la cabeza de un lado a otro como negando su estado y me sonrió.  Conocía esa sonrisa, me estaba prometiendo mucho sexo y del bueno.

―¿Tomamos algo fresco? Veamos si podemos hacernos de un buen lugar para que pueda comerte la boca como quiero. Ahora.

Esas palabras pegaron en mi sexo como una maza ardiendo y recorrieron mi espalda provocando que, cada centímetro de mi piel, se erizara. Otra vez se puso detrás de mí y caminamos hacia ese claro de luz que veíamos al final del pasillo.

Resultó ser otro bar, aunque más íntimo con música suave y sensual. En ese espacio se vivía y sentía todo diferente…no sé cómo describirlo…era puro erotismo.

No encuentro las palabras para contar lo que sentía en ese momento y en ese lugar. Era como estar en otra dimensión, una en la que se percibía demasiado el aspecto sexual propio y ajeno, donde cada mirada y cada roce era un estímulo.

Nos acercamos a la barra, me senté en una butaca alta y mi caliente marido se puso entre mis piernas y levantó mi falda. Volvió al ataque de mi boca, cosa que agradecí con un gemido de placer, y con sus manos en mis piernas me acercó para apoyarse nuevamente en mí. Esta vez en el lugar adecuado.

Una joven mujer, bonita y sexy, nos interrumpió y nos acercó una copa de champagne a cada uno señalando a una pareja que, a pocos metros nuestros, compartía una botella de la misma bebida. Germán levantó la copa y les sonrió, a modo de agradecimiento.

―Mi amor, creo que se levantan y vienen hacia aquí. ¿Qué hacemos? ―pregunté sin saber si me sentía más conmocionada por el hecho o intrigada por lo que pasaría.

―¿¡Y yo cómo puedo saberlo!? –exclamó German, divertido y con una sonrisa en sus labios húmedos por el beso que interrumpimos ―. No te pongas nerviosa, actuemos naturalmente. Nadie hace nada que no quiere en estos lugares.

―¿Curiosidad? –La voz de nuestro apuesto acompañante nos llegó por sorpresa mientras German me daba otro beso para animarme. Nos presentó a su pareja y rápidamente nos sentimos cómodos con ellos. Eran demasiado amigables.

―Si, para acabar con ella hemos venido –respondió mi hombre, sonriente y sonando seguro de sus palabras.

A simple vista, eran un matrimonio, pero no podía confirmarlo. No había contacto cariñoso entre ellos, aunque sí miradas cómplices y llenas de amor. Al menos eso quería creer yo, no tenía fundamentos, eran sólo apreciaciones.  Esa noche solo podía guiarme por el instinto no me quedaba otra opción.

―¿Tanto se nota que no somos de habitués? –preguntó mi marido, después de cruzar algunas palabras con el caballero.

Cabe aclarar que mi marido es de esas personas que caen bien siempre, que tienen la conversación adecuada con todo el mundo y suena interesante, aunque solo hable del tiempo. Solo por eso me relajé y no me preocupé por nada. Continué con mi sonrisa de “está todo bien”. Y así estaba, él me hacía sentir de esa manera en ese lugar tan atípico para nosotros.

―Sí, se les nota un poco. Ahora soy yo el de la curiosidad. ¿Qué sintieron después del primer recorrido?

Esa pregunta sonaba demasiado personal si pensaba en la respuesta que teníamos que dar. Pero en un lugar como este, parecía que la intimidad y privacidad, al menos la sexual, daban lo mismo. Aunque, juzgando por más de una cortina cerrada en los laterales del bar donde estamos, alguien buscaba algo de esa privacidad o intimidad que otros sorteaban.

Creo que notaron nuestra sonrisa incómoda. Mi marido estaba a mi lado, yo sentada y él parado. El hombre, nuestro nuevo amigo, estaba a mi otro lado y la mujer enfrentada a los tres, un poco separada de la barra, como si no se decidiese el lugar que elegir.

―En estos lugares la vergüenza no entra, queda afuera –dijo la voz, por demás masculina, de nuestro acompañante, distrayendo mis pensamientos y mis observaciones.

―La primera vez que entramos a un bar de intercambio, nos sentimos igual que ustedes, vergonzosos, asustados, tímidos, pero…muy, muy acalorados. Igual que ustedes. –Por fin le escuchamos la voz a la mujer. Era una voz suave, de hablar lento, seguro y muy sensual, tanto que mi marido puso cara de libidinoso en el mismo instante. Y el muy baboso, le sonrió de esa manera que sonríe cuando se excita por algo que lo atrapa desprevenido, no era para menos, la mujer era muy linda y sexy, no puedo decir lo contrario, y lo estaba seduciendo.

¡¿De verdad, esto está pasando?!

Pensé en irme, no lo voy a negar, aun así, me armé de valor y sonreí. Ella siguió hablando, sin embargo, yo dejé de escucharla unos segundos, o minutos, no sé. Necesitaba esa evasión para volver a liberar mi mente de prejuicios y preconceptos.

¡Por Dios, que hace! Grité en mi interior cuando noté los dedos del señor acariciando mi hombro, entonces desperté mi aturdida mente y recordé el lugar en el que estábamos.

Miré a German, que entendió perfectamente de que iba la situación tanto como yo, no somos tontos, supimos lo que buscaban. Me refugié en su mirada brillante y oscura, estaba muy excitado con lo que lo rodeaba y yo también. Nos confirmamos de esa manera que estábamos de acuerdo en aceptar lo que venía y me acerqué a su boca de una manera sugerente para besarlo.

―Te amo. No quiero verte. Disfrútalo, pero no quiero mirarte cuando lo haces. –Me besó con la misma intensidad que antes y la mano de mi nuevo acompañante me recorrió la espalda.

Germán abrió los ojos y ví un guiño…una seña…un movimiento en sus gestos, algo que supuse que sería el famoso consentimiento del que se habla en un intercambio de parejas. Mi esposo le permitía a ese desconocido tener sexo conmigo. Explicado en pocas palabras, me entregaba él.

Ya estaba hecho, era un trato.

No podía creer lo que íbamos a hacer, aunque me fascinaba la idea.

La mujer se acercó lentamente a mi amor y se interpuso entre nosotros y nos miramos dedicándonos una sonrisa traviesa. En el instante que esa mujer se acercó a esa boca, cuyos besos me pertenecían hasta ese momento, me giré en mi butaca y me enfrenté al sexy hombre que me esperaba ansioso y deseoso de mi atención.

―Vamos a pasarla bien, no te preocupes por nada. –Fue un simple susurro en mi oído que me estremeció por completo. Y de pronto sus labios comenzaron un descenso delicioso por mi cuello hasta el hombro y luego subieron a mi boca.

Me devoró con un experto beso, primero lento y profundo, y después descontrolado y “más” profundo. Cuando me dejó respirar y pude abrir los ojos, ví a su pareja y la mía cerrar una de las cortinas y quedar detrás, solos.

Sentí celos, una punzada en el vientre que me hacía desistir de la idea de seguir, pero entonces mi ardiente caballero metió sus manos bajo mi falda y en un segundo estaba con sus dedos en mi interior. Sensación que me obligó a cerrar los ojos y odiarlo con la misma intensidad que lo deseaba. Unos segundos de caricias y estaba en las nubes. Definitivamente ese señor sabía lo que hacía, o necesitaba.

―Acompáñame, bonita ―dijo cuando ya me tenía como quería, necesitada. Me extendió la mano y me guió hacia la cortina lindera a la de la habitación en la que estaba German y la cerró cuando estuvimos dentro.

Nos encontramos encerrados en un pequeño, pero acogedor cuarto, amoblado con una cama, un sillón, una mesita y un baño en uno de los costados.

―No pienses en nada, solo déjate llevar. Si algo no te gusta me lo dices. Si quieres parar me lo dices. Si quieres más me lo dices, ¿entendido? –Sus palabras sonaban seguras y sensuales. Su mirada me recorrió el cuerpo y me sonrió con mirada de deseo, el mismo que tenía yo por él. Se acercó, sus labios se dirigieron a mi boca y sus manos a mis piernas. ―Estamos aquí para pasarla bien, nada tiene que opacar eso.

No pude articular palabra, sus manos otra vez estaban en mí y lograban que solo pensara en eso, en sus manos… recorriendo mis piernas, subiendo por mi cadera y apretando mi trasero. Pude sentir que estaba excitado, muy excitado y jadeó en mi boca ante mi contacto.

Me sentía una mujer inexperta, no podía moverme ni hacer nada, solo disfrutaba sus caricias, sus dedos en mi sexo y su boca en la mía.

No sé en qué momento se alejó y me pidió, con la voz entrecortada, que me sacara la falda. Lo hice y él se acercó para quitarme la ropa interior. Me pasó una toalla húmeda y fría, limpiándome, entre las piernas y casi tengo un orgasmo por la lentitud y provocación con que lo hizo.

Me empujó lentamente hacia el sillón que teníamos detrás y caí sentada. Separó mis piernas con las suyas y sin quitarme la mirada se arrodilló para poner, sin preámbulos, su boca en mi sexo. Mi gemido fue instantáneo. Sus manos abrieron más mis piernas y me dedicó una sonrisa provocadora, tentadora de esas que dicen “vas a saber lo que es bueno” y ¡por Dios que estaba descubriendo lo que era bueno!

Su lengua rugosa y fuerte no dejaba lugar por recorrer y sus carnosos labios acompañaban de maravillas cada movimiento. A los pocos segundos ya estaba a punto de tener una fabulosa culminación, pero me desconcentré cuando sus dedos entraron en acción, no solo por mi ardiente sexo sino más atrás. Jugueteaban de una morbosa manera que no me dejaban más opción que disfrutar y con mis gemidos parecía incitarlo a que siguiera y así lo hacía. Una y otra vez me tentó rodeando tímidamente mis entradas, sin embargo, se decidió por la tradicional y arremetió con sus dedos sin permiso. O sí, el permiso de mis jadeos descontrolados y de mis manos en su pelo guiando sus movimientos.

Después de varios gritos, mi éxtasis volvió a amenazar con su presencia, pero esta vez no se quedó en amague, se armó y revolucionó mi interior de una escandalosa manera.  La tensión de mi cuerpo hizo que mi espalda se arqueara elevándome del asiento y mis ojos se cerraron, hasta que pude aflojarme y sonreír tontamente ante semejante sensación.

―¿Cómo te sientes? –Pregunta estúpida si las hay para un momento como ese, pero entendí que quería saber si estaba cómoda y se lo hice saber con una sonrisa y un casi mudo, “Muy bien”.

No se detuvo demasiado en mi respuesta, comenzó a besarme otra vez, en mis muslos, mi vientre y subió a mis pechos, mientras se desprendía el cinturón y el pantalón. Se puso de pie y comenzó a sacarse toda la ropa, invitándome con la mirada a hacer lo mismo. Y lo hice.

Nos mirábamos seduciéndonos. No era algo romántico, solo deseo, puro y perverso deseo.

Ya desnudos nos acercamos lentamente y me tomó en sus brazos para refregarse contra mí y nuevamente comenzamos a jadear. Este señor estaba que explotaba y no solo de excitación, sino de físico, era muy atractivo y sensual.

Llevé mi mano hasta su, nada despreciable erección, para satisfacerlo y aliviarlo un poco. Me gustó escuchar sus sonidos de placer. Cerró los ojos al primer contacto y se hundió con su boca en mis pechos. Otra vez puedo afirmar que sabía lo que hacía.

Los dos ronroneábamos por nuestros toques. Pero él estaba en profundo control, no quería llegar al orgasmo tan rápidamente y ese control, sumado a la excitación que tenía, lograba una rigidez de increíble tamaño en su sexo.

Cuando lo sentí temblar en mis manos, me las apartó alejándose y me recostó sobre el colchón, jadeando ya ahora sí, casi sin control y con una asombrosa necesidad de meterse en mí.

Se notaba su lujuria en la mirada y en sus labios. Se puso un preservativo en tiempo record, me tomó los tobillos para acercarme al borde de la cama y tomándome de la cadera para levantarme hasta su altura, se colocó entre mis piernas y me llenó por completo.

Con sus movimientos me robó gemidos, alaridos y una terrible desinhibición. Me sentía poderosa ante el deseo que veía en sus ojos y los gruñidos que salían de su garganta. Entró y salió tantas veces como necesitó para su propia satisfacción, porque no necesitó esperarme. Antes de que llegase él a su final yo logré explotar en mil pedacitos, dos veces, quedándome sin aliento y con la respiración agitada, mientras con perfectas estocadas seguía alimentado su pasión y mi deseo.

Por supuesto no hubo abrazos ni cariño. No había sentimientos en esa cama, aunque me regaló un par de caricias en el pelo y en la cara, una vez que se tendió a mi lado tan agitado o más que yo.

Otra vez me hizo conocer su preocupación de saber si estaba bien y cómoda. Y otra vez le confirmé que sí.

Se levantó silenciosamente y caminó hasta el baño adonde se dió una rapidísima ducha. Salió con una toalla en la cintura y el pelo aun goteando agua. Madre santa, era un hombre realmente buen mozo, no podía dejar de admirar su masculinidad y sensualidad, sabía moverse, mirar, sonreír y seducir con todo eso que la naturaleza le había dado, sin esforzarse demasiado.

Yo seguí tumbada en la cama sin comprender demasiado cómo, después de tanto deleite, quería más. Evidentemente la situación y el lugar promovían la lujuria en mí.

No sabía cómo seguía el tema, por lo que elegí incorporarme en la cama para quedar casi sentada entre almohadas y nos dedicamos una mirada bastante ardiente, aparentemente no era la única que lo estaba pasando bien.

―¿Seguimos, bonita? Me incita tu entrega… mucho.

Tiró la toalla a un lado y se acercó sugerente. Tomé la iniciativa y me llevé su nueva y limpia erección a mi boca. En ese instante, el que se entregaba era él, y lo hacía sin frenos y libre de sentir lo que yo le provocaba con mi seducción. Aparentemente no le alcanzaron mis movimientos porque arremetió con su cadera.

Por un momento lo sentí descontrolarse y fue cuando me tomó con fuerza del pelo tirando de mi cabeza hacia atrás para que lo mirase. Me encontré con su rostro que hablaba de urgente necesidad, con una mirada dura y oscura, lo que me excitó más aún y sin pensarlo me arrodillé en la cama para llegar a sus labios.

Nos devoramos en un beso que nos perdió otra vez y nuestras manos empezaron a deambular por nuestros cuerpos.

Yo ya estaba ajena al pudor, a la vergüenza y a la inhibición, nada me importaba más que seguir con ese momento de placer.

Sin que yo notase cómo, colocó las almohadas a un costado y me giró sobre ellas, dejando mi trasero más elevado que el resto de mi cuerpo. Mi sexo y glúteos estaban demasiado expuestos y por un momento sentí incomodidad, entonces sus caricias recorrieron la espalda y se apoyó sobre mi cuerpo llegando con sus labios a mi oído.

―Tranquila, no voy a hacer nada que no quieras.

―Yo nunca…yo no… No practiqué nunca sexo a…

―Entiendo, no te preocupes, linda. –Sus manos se instalaron en mi entrepierna y dejé de preocuparme. No sé por qué confiaba en un extraño, expuesta como estaba.

Me entregué otra vez a sus expertos dedos, que me exprimían gemidos tan fácilmente. Entraban en mí irreverentemente y me llevaban a un nuevo precipicio, volvería a caer sin paracaídas. Sí, así de fácil y rápido. Sin embargo, sin aviso alguno abandonó sus atenciones, dejándome en un estado confuso de frustración.

No fue mucho lo que tuve que esperar porque comenzó a acariciarme entre los glúteos y otra vez me tensé. Sin embargo, demasiada era la necesidad que tenía de ese negado final, por eso moví mis caderas buscando el contacto, en aquel momento su dedo estaba provocando la necesidad que nunca tuve de ser estimulada por primera vez en ese lugar que estaba acariciando tan sabiamente y le rogué con una voz apenas perceptible que lo hiciera.

Sí, se lo pedí porque en silencio, solo con ese roce, me estaba prometiendo placer y necesitaba urgentemente que me llevase a la culminación que me debía. Increíble, sensacional, fabuloso. Tenía dos manos sobre mí haciendo maravillas en mi libido, era una sensación demasiado excitante y poco conocida.

―¿Te gusta así? Si, linda, te gusta mucho así. Dilo, dime que te gusta.

―Sí, me gusta…―y no pude decir más, solo grité, emití un rugido que salió desde lo más profundo de mi garganta, uno que desconocía en mí.

Cuando mi cuerpo dejó de temblar, sentí el peso del suyo sobre el mío y sabía que había más.

Me penetró con fuerza y se movió frenéticamente hasta terminar con su necesidad en un jadeo mezclado de palabras que no escuchaba. Otro orgasmo me invadió en el interín.

Dejé de contar las veces que gocé y grité. 

Cuando fui consiente de mis explosiones, casi desconocidas, dicho sea de paso, pensé en mi marido y en si sería capaz de tanta resistencia como la que mi acompañante tenía. Siendo la amante de German, su esposa, suponía que ella esperaría un desenvolvimiento similar o superior al de su marido, o sea, mi compañero de cama.

Esta vez no descubrí celos en mí al pensar en ellos y todo lo que podían estar haciendo. Tal vez sí, me incomodé pensando en lo bien que yo lo había pasado, y rogaba porque a él lo hubiese vivido de la misma manera.

No tener ni la más mínima idea del nombre de mi acompañante, ni conocer nada de su vida me ayudaba a sentirme cómoda con lo que había hecho. Sin preocupaciones, sin vergüenza, sin remordimientos. Eso era porque estaba compartiéndolo con mi pareja y supongo que tiene que ver que estábamos demasiado seguros de la decisión que habíamos tomado.

Si lo pienso fríamente otra vez, me negaría rotundamente. ¿Yo…? ¿Intercambio de pareja…? Jamás de los jamases… Tal vez algo así hubiese sido mi respuesta ante la sola sugerencia, pero ahí estaba, dejando que mi cuerpo se recuperara del…no sé qué número, de orgasmo y siendo observada por un desconocido, en su maravillosa desnudez, a mi lado.

Todo se dio tan naturalmente que así lo había vivido. Naturalmente.

―¿Todo bien, linda?

―Todo bien.

―Me voy a dar un baño, si tienes ganas, podemos hacerlo juntos.

―No, gracias. Yo me ducho después. –Realmente esa era una propuesta un poco más íntima, al menos para mi forma de pensar.  Además, necesitaba relajar mi cuerpo, estirar mis extremidades, recuperar mi respiración y dejar salir la sonrisa tonta que mis labios querían dibujar. Estaba saciada como pocas veces en mi vida.

Lo único que necesitaba, este amable caballero no podía dármelo. Un buen beso y un abrazo. Eso lo reservaba para mi amor.

Cuando por fin estábamos vistiéndonos, noté como todo, lentamente volvía a la normalidad. Con cada prenda con la que cubría mi cuerpo, recuperaba un poquito de realidad.

Una realidad que estaba demasiado lejos de ese hombre y esa cama.

Los ojos de mi compañero me miraban con afecto, ya nada quedaba del sensual y fogoso amante. Seguía pareciéndome un hombre apuesto, por supuesto, pero no me provocaba nada de lo que anteriormente me había provocado.

Como usualmente se dice, todo está en la actitud y en ese instante, la actitud de él era caballerosa y amable.

Le devolví la mirada, pero la mía estaba cargada de gratitud, porque me había hecho sentir muy cuidada y creí necesario que lo supiera.

―Gracias, has sido muy atento y cuidadoso conmigo.

―Los detalles cuentan en este lugar y necesito que lo pases tan bien como yo, de lo contrario, no sirve. –Me regaló una hermosa y sincera sonrisa. –Y debo decir que lo pasé realmente muy bien.

Salimos al bar. Germán y esa mujer ya estaban sentados en un rincón decorado con sillones oscuros y mesas bajas. Estaban tomando un trago y conversando animadamente. Ella también había perdido toda la carga sensual con la que había embestido a mi marido.  

Mi hermoso hombre tenía el pelo húmedo y sus ojos brillantes, lo había pasado bien…no tenía dudas. Me dio un beso en los labios y me tomó la mano después de susurrarme un “te amo”. No me la soltó en el resto de la noche y me di cuenta que precisaba ese contacto tanto como yo, ambos queríamos ser conscientes de nuestras presencias. El necesitaba saber que estaba conmigo y yo con él en una situación nueva que llegaba a nuestra vida para ponerla de cabezas, para movilizarla. Para modificarla de una manera que no comprendimos esa misma noche.

Conversamos con Miriam y Marcos durante más de dos horas.



Pasaron cuatro años desde esa noche.

Yo sigo absolutamente enamorada de Germán y él, que decir, me adora.

Miriam es una dulce y devota esposa de su galante y cariñoso marido.

Ellos son grandes amigos nuestros en la actualidad, de esos que están en las buenas y en las malas. Conocemos a la familia de cada uno y ellos a las nuestras. Incluso nuestros hijos son buenos amigos también. Hemos festejado hasta cumpleaños infantiles contando con su presencia y pasamos las últimas navidades juntos.

Seguimos practicando el intercambio de parejas e incluso probamos otras cosas…pero esa…esa es otra historia.




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Helena. La princesa de hielo. Ivonne Vivier

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